RASGO: El Arrepentido
PREMISA: “Quiero ser un buen padre”
Treinta años atrás, Reynaldo era el hombre más apetecido de Pueblo Escondido. Enamoraba a las mujeres con su simpatía, caballerosidad, gran sonrisa y atractivo físico. Su profesión de marino lo obligó a viajar de puerto en puerto y a ausentarse por largas temporadas de Pueblo Escondido, pero él sólo tenía corazón y ojos para su esposa Digna, su eterna enamorada, la mujer que hizo que él se convirtiera en un hombre fiel y dejara de ser un mujeriego. La mujer que amaba con el alma y con quien se casó después de un corto noviazgo. Lamentablemente justo el día de su boda, hubo algo que los marcó para siempre: la maldición que les profirió Carmenza, la madre de una campesina (Lucero) con quien él había tenido un furtivo romance y a la cual había dejado embarazada sin saberlo. Reynaldo y Digna, en esa maldición, fueron sentenciados a vivir una vida matrimonial que no diera frutos: “Su sangre estará marcada por el deseo y por cada momento de dicha que traiga el deseo, habrá un intenso dolor”.
Después de tres años de no concebir, Reynaldo empezó a obsesionarse con que la maldición era cierta. Por eso Digna, para hacer feliz a su esposo y demostrarle que estaba equivocado, recurrió a Tomás Murillo para darle el hijo que tanto anhelaban ambos. Sin embargo, después de la grave falta cometida contra su esposo, Digna no fue capaz volverlo a ver a los ojos y le negó para siempre la intimidad.
Después de la felicidad del nacimiento de su hijo Luis Eduardo, el único que tuvo con su esposa, la maldición pareció continuar en la vida de Reynaldo, pues tras esta inmensa alegría, sobrevino la dolorosa indiferencia de Digna y la falta de intimidad en su matrimonio. Esto hizo que Reynaldo buscara en brazos de otras mujeres, el consuelo, la pasión y la compañía que su esposa no le dio. Fruto de esos amores, nacieron las cinco Marías, de quienes Reynaldo jamás supo y que sólo vino a conocer hasta ahora. Reynaldo vivió todos estos años con la angustia de tener encima una maldición, a pesar de que Digna le insistiera en que esto no era real y que prueba de ello era la existencia de su hijo Luis Eduardo.
Ahora Reynaldo, quien ha decidido retirarse de la marina, quiere recuperar lo que queda de su matrimonio, por eso va a vender “El Tesoro” para darle gusto a Digna, quien odia esas tierras, pues en ellas están los recuerdos más amargos de su vida. El día de su aniversario número treinta, Reynaldo se dispone a firmar la venta de “El Tesoro”. Quiere deshacerse de una vez por todas de los fantasmas que lo atormentan. Sin embargo la venta no se llevará a cabo pues Luis Eduardo regresa de la capital dispuesto a quedarse del todo, y le pide a Reynaldo que no venda esas tierras que tienen un significado inmenso para él. Para rematar, le cae un rayo encima, señal que toma Reynaldo como una segunda oportunidad que le está dando la vida para tomar un nuevo rumbo y respiro. Y no se equivoca, porque muy pronto aparecen en su vida, esas cinco hijas que tuvo con diferentes mujeres años atrás, y que le traerán alegrías, satisfacciones pero también, muchas tristezas, decepciones y problemas. Tras la llegada de sus hijas, Reynaldo, una vez más ve cumplida la maldición, pues a la alegría de conocerlas, se suma de inmediato la tristeza de perder a su esposa y a su hijo para siempre.
Para Reynaldo sus hijas será lo más preciado y tendrá que debatirse constantemente entre el amor por ellas y el amor por Digna y su hijo. Su matrimonio pasará por la mayor crisis que haya tenido jamás y esto para Reynaldo será más que doloroso.